En Dior confiamos

Ernesto Javier Fernández Zalacain

Nov/17/2017 - Ene/20/2018

Ernesto Javier no se ha contentado sólo con la fuerza de la imagen en sí pues establece con ella relaciones novedosas, otras, en medio de un contexto tecnologizado y pobre a la vez. De ahí que evoquen, recuerden, no sólo el tema o asunto que las identifica ante cualquier espectador sino también que operen también en tanto emisarias de una época cercana, de un pasado que corroe de forma sistemática el presente. La fotografía es ahora un objeto que ilumina y mata, como la estrella de José Martí. Eliminado el marco tradicional de madera o metal que contribuye a resaltar, por lo general, la imagen en todo su esplendor, ahora la fotografía conquista un nuevo ámbito a medio camino entre el espacio privado y el público, una “tierra de nadie”, donde lo teatral, constructivo, escultural, instalativo, se articulan como piezas principales de un puzzle cuyo resultado desconocemos. Las imágenes forman parte de un discurso visual mucho más amplio que las utiliza para diversos fines, no sólo estéticos o reflexivos.
Se trata de una operación compleja de reapropiación de su obra fotográfica para armar nuevos dispositivos estéticos que le deben más a la escultura y al objeto contemporáneo que a cualquier otra referencia duchampiana. Ahora indaga en las posibilidades de integrar dichas imágenes a equipos domésticos como el televisor (fabricados por el artistas de modo bien artesanal como recordando aquellos primeros surgidos en la década de los 50) en una sofisticada operatoria vintage tan familiar hoy en otros ámbitos del diseño. Aquel pasado tecnológico se une ahora a un pasado reciente como si asistiésemos al visionaje de un viejo documental, de antiguos noticiarios dispuestos para sobresaltarnos en nuestras vidas tranquilas donde no otra cosa más importante sucede que recordar.
Ernesto Javier es un constructor de recuerdos, un diseñador presto para exaltarnos mediante evocaciones y reminiscencias y no perdonarnos jamás la falta de memoria, en estos tiempos en que todo es fugaz, en que todo se desvanece como por arte de magia en lo real y virtual de la existencia. Aunque sus imágenes se mezclan en lo formal con neones, luces, plásticos, madera, metales, estas permanecen indoblegables en nuestra percepción pero sobre todo en nuestra memoria aunque el espectador no haya experimentado lo que el fotógrafo. Si su forma de exhibirlas, difundirlas, vehicularlas es mediante objetos construidos por él, reafirma con ello su desprendimiento del reportaje tradicional y el descubrimiento de un nuevo tipo de ensayo fotográfico vinculado a la multidisciplinaridad actual, sin necesidad de proclamarlo hoy como sucede con algunos creadores (que desesperan por aclararlo muy bien y en alta voz) aferrados a tan vieja idea, actitud y comportamiento.
Durante los sucesos de agosto de 1994: Ernesto Javier creó un enorme archivo de imágenes que bien pudieran representar uno de los documentos más valiosos de nuestra historia reciente, junto a los de otros pocos fotógrafos cubanos que sintieron emociones y sentimientos similares. Sin necesidad de hacer hincapié en el fenómeno de las frágiles estructuras que sirvieron como balsas (gomas de autos, puertas, ventanas, trozos de poliespuma para relleno de embalaje, sogas, sábanas, frazadas, barriles de metal), ni en supuestos botes, usados y abusados como elementos metafóricos de aquella tragedia, este fotógrafo registró con extrema sensibilidad el drama humano concomitante en primeros y segundos planos de tantísimos rostros agobiados de desesperanza y malditas ilusiones, sueños quebrados, ansiedad, frustraciones, dolor, en aquellos cuerpos derrotados por el desasosiego, la mala alimentación, y el insomnio de meses, años
Estas obras, con toda probabilidad, resultan extrañas tal vez en el panorama global del arte contemporáneo cubano pues muchos consideran agua pasada tales problemas y asuntos, ignorando o subestimando su persistencia y vigencia, su gravedad, sobre todo en momentos en que la sociedad cubana atraviesa una serie de cambios que atañen a esferas de lo económico y social como no había ocurrido en casi cuatro décadas anteriores, y su consecuente impacto en lo moral y espiritual. A lo que contribuye, como pretendiendo una vuelta más de página, el mercado del arte desde su lenta y subrepticia aparición hace algo más de 20 años en el escenario nacional para entusiasmar a escépticos e inconformes con el fin, nada programado, de abrir prometedores caminos y de un plumazo olvidarlo todo para realizar el milagro falaz de borrón y cuenta nueva o de: aquí no ha sucedido nada caballeros.
Pero hay quienes se resisten como Ernesto Javier, y algún que otro creador cubano, para proponernos, mejor tarde que nunca, reivindicaciones y reflexiones desde el arte en tiempos difíciles que nos permitan comprender mejor este maldito mundo en que vivimos.
Fragmentos del texto Otra vuelta de tuerca en la fotografía, por Nelson Herrera Ysla. Premio Nacional de Critica Guy Pérez Cisnero, 2016. Artnexus. Volúmen 100. Marzo-mayo 2016. (pág 56-62)